Me da coraje pensar que no tenga libertad de hacer las cosas que deseo, simplemente porque a él no le parece bien. Y más enojo siento pues soy una mujer que trabajo como mula. Y por eso ¡ sólo por eso! Deberían dejarme hacer lo que me de la gana;Pero así es la vida de las casadas; Soy una mujer y mi tiempo libre lo tengo que utilizar en atender el marido y a los hijos. Y aunque estés de prisa o cansada tienes la obligación de hacer el amor, mantener la casa arreglada, la ropa limpia y tener la comida lista. Y después que has hecho todo eso todavía te dicen que debes de hacer con el suspiro que te queda.
Hay sólo una cosa que me impide mandar todo al carajo: ¡y son mis hijos!
Hoy en la mañana me bañaba, cuando escuché que abrían la puerta, al darme vuelta me encontré con mi esposo en una actitud de recuperar una noche perdida de sexo. Le hablé con sutileza, le dije que ya tendríamos tiempo. Pero el agua que caía de mi pelo me dejaba gotas que se prendían a mi piel, tal vez eso lo motivó y las palmas de sus manos sopesaban febriles mis promontorios excitándolo más. Hubiese querido sentir lo mismo, sin embargo la prisa, la urgencia de citas contraídas me tenían sin deseos. Nada me excitaba y sólo pensaba en el maldito tiempo; que nunca es suficiente para el trabajo, ni para el descanso, ni para el sexo. Sentía un coraje que nodeseaba expresar con palabras y no hacerlo sentir mal y logré decirle suplicante: por favor déjame salir; y en un titubeo me zafé de sus brazos.
llegué a mis labores y atendí las citas contraídas, pero atrás dejé una mano que estalló en la puerta del baño marcándome el inicio del día.
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